C. R. RODRÍGUEZ: CAMAZOTZ.
- lascenizasdewelles
- 26 may 2022
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 25 oct 2023

El sol salió entre lágrimas, los gritos de las personas se intensificaron conforme las horas pasaban, haciendo que los alaridos se convirtieran en uno solo y retumbaran en las casas. Lloraban desesperados, sostenían a sus pequeños entre brazos. La sola imagen aterrorizaba a amigos y familiares de las víctimas. Decenas de niños despertaron con las orbitas oculares vacías. Algunos pocos aun poseían fragmentos de lo que la noche anterior fueron sus ojos. Era como si la persona o quien fuera el causante de aquella atrocidad, hubiera practicado con algunos, y cada órgano que extraía perfeccionaba su atrocidad…por desgracia algunos reventaron en el intento.
Doce horas antes de que los hechos pasaran, los lugareños, como todos los años, celebraron el carnaval de las doce lluvias. Era parecido a un ritual que busca la fertilidad y el deseo sexual de los hombres. En los últimos veinte años, los embarazos habían menguado, los hombres abandonaban el lugar en busca de mejores oportunidades, algunas veces, decidían abandonar a sus mujeres, prometían que volverían, casi siempre no pasaba, los hombres no solo se iban en busca de trabajo, también buscaban otra vida. Los pueblerinos lo entendieron de otra manera. El hombre estaba perdiendo apetito sexual, la sequía los mataría a todos.
Impusieron un ritual sencillo, pero efectivo. Quien lo propuso, prometía que los embarazos se multiplicarían por montones. No les falló, sucedió, los niños llegaron como lluvia.
Aquel día, los niños, jóvenes y adultos, ataron una pequeña hoja de eucalipto en sus genitales, la flotaron durante todo el día. Hasta llegaba la noche, las quemaron en una ceremonia en donde todas las mujeres usaban las cenizas para hacer té, ellos lo tomaron. Todos celebraron, las doce lluvias estaban prontas a llegar.
La fiesta continuó con comida, alcohol, juegos de mesa y música. Ansiaban la hora en la que el águila se posara en el árbol. Algunos volteaban en repetidas ocasiones, eran expectantes de un árbol otoñal, que al mismo tiempo estaba desolado del visitante que al parecer había decidió no llegar.
Las horas trascurrieron, la noche había tomado su lugar y las estrellas rebosaban. El águila no apareció. Los pueblerinos, confundidos, se esforzaban por ser positivos, no querían pensar en lo que vendría si el estúpido “pájaro” no aparecía. Los juegos, la música y la diversión cesaron. El centenar de personas caminaron al árbol, lo rodearon y no apartaban los ojos de las largas ramas.
Pasaban los minutos. Muchos decidieron regresar a casa, algunos lo hacían entre lágrimas. Las mujeres que abandonaron el lugar lo hicieron con las manos en el vientre, les dolía, sus esposos no les darían un hijo. Los pocos que no cedieron al dolor se sentaron sobre la alta hierba
La noche avanzó.
Una niña de diez u once años se puso de pie.
— ¡El águila! — gritó la niña
Como si fuera de un solo salto, todos se pusieron de pie. Los aplausos empezaron a escucharse y algunos gritos de alegría se hicieron sonar.
El ave se acercó, dejando ver sus ostentosas alas que se desplazaban con destreza. Siguió su vuelo rodeando el árbol y se posó sobre la más alta rama. Las personas alababan, se gozaban ante la grandez del ave.
Ninguno de ellos supo cuánto tiempo pasó, pero todo se detuvo cuando el ave grazno. Extendió las alas y dejó ver su ostentoso pico. Sus ojos tenían un brillo singular, no dejaba de observarlos.
Algunos juraron que el ave tiene cara de humano, el tamaño de su cuerpo era parecido al de uno. Los alaridos de algunos niños hicieron eco en todo el lugar y el ave, al parecer le disgustó. Graznó por segunda vez elevando su enorme pico.
El cuervo fue silenciado por una piedra que golpeó su pico. En segundos, una segunda lo golpeó en el cuerpo. El ave chilló, intentó emprender el vuelo, pero una tercera piedra lo hizo perder el equilibrio y caer del árbol.
Todos corrieron, el ave se encontró vulnerable. Elevó las alas, hizo un segundo intento, pero una cuarta piedra lo golpeó, después, llegó una quinta, sexta…y el número se perdió. Eran innumerables. Algunos se acercaron para pisotearlo, otros lo golpeaban con lo que podían. El animal chilló, movió las alas con desesperación, soltó algún movimiento brusco, pero nada funcionó. Aceptó la muerte. Dejó caer la cabeza sobre el follaje. No dejaron pasar tan si quiera un segundo, se abalanzaron contra la cabeza del animal. La respiración del animal disminuía a cada segundo que pasaba, su final estaba cerca.
Dos hombres se acercaron, apartaron a las personas y arrastraron al animal al fuego. Uno de ellos tomó un pequeño cuchillo y apuñalo el tórax del animal. Lo pusieron sobre el fuego y el cuerpo se convirtió cenizas.
La noche siguió su curso. Las personas fueron abandonando el lugar. Todos fueron a descansar.
Pasada la medianoche, el fuego se avivó, las cenizas fueron formando extrañas figuras hasta amasarse en imágenes amorfas que se unían y se separaban en secuencias circulares. El fuego aumentó, iluminó el lugar y la sombra de un cuervo descendió del cielo, aterrizó sobre las llamas y graznó con furor. El fuego cesó, la oscuridad fue absoluta, el ave desapareció.
Las calles se encontraban desoladas, las familias dormían. La alegría de las casas se encontraban sumergidas en los más profundos sueños. Sin embargo, algo había despertado. Si alguien lo hubiera visto, diría que fue grotesco. Una sombra inmensurable cubrió cada kilómetro de la localidad. Era un cuervo, que movió las alas, provocando un viento torrencial que tan solo se necesitaba un poco más de fuerza para arrancar de la tierra las montañas más próximas. El animal grazno por última vez y levantó el vuelo hacia el vacío del universo.
Los más jóvenes escucharon el graznido entre sus sueños, el inconsciente lo interpretó como voz, y la orden era un: “ARRANCATE LOS OJOS”. Siendo sonámbulos, colocaron sus dedos entre los ojos, y sin sentir dolor, los fueron sacando de sus orbitas.
Excelente. Este cuento me atrapó, en cada renglón me generó curiosidad. Muy diferente a lo que siempre he leído. Tiene una prosa hasta poética y un aire místico donde el orden de la naturaleza hace pagar la falta de respeto por el reino animal. Felicitaciones y por más relatos así. Un 10
Camazotz: un relato muy interesante, que rompe con lecturas repetidas. Mi calificación es un 8.
El cuento está bien escrito pero no me convence la historia-No me da miedo aunque sea de terror CD Le otorgo un 4
¡Qué hermosura de relato! Me sucedió que me enamoré de él de principio a fin. No se si el escritor es dama o caballero, pero sentí esa ternura y dulzura que por lo general caracteriza a la prosa femenina, sin descalificar por ello a los hombres, quienes aunque, inspirando también esos sentimientos, en ocasiones manifiestan menos delicadeza. Has logrado C.R. Rodríguez, despertar en nosotros los lectores el valor de la "compasión" hacia esa pobre ave y hacia quienes fueron a la vez sus víctimas y victimarios: ¡los seres humanos!. También el horror, que plasmaste en ese final de ceguera absoluta. Cierto es que las personas en muchas ocasiones actuamos a tientas, cuando con inclemencia dañamos a los demás. ¡Le felici…
Se noto el dominio narrativo del autor en la historia, ciertos pasajes me recordaron a Lovecraft. en el relato aparecen situaciones inesperadas con un buen final. Le doy un ocho, el cuento se lo merece