HECTOR MEDINA: COMO EN EL TERROR
- lascenizasdewelles

- 26 may 2022
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 14 oct 2022

Los monstruos son reales, y los fantasmas también son reales. Viven dentro de nosotros y, a veces, ganan.
Stephen King
La hoja del cuchillo se deslizó suavemente por el vientre sangriento de la mujer. Con el tenedor trenzó uno de los pliegues del intestino grueso, los sacó por retazos y los fue poniendo en una bolsa, como botando cáscaras de fruta. Mientras tanto el hombre secaba su sudor, con un paño que tenía a su lado, nervioso, con la sangre en la cabeza y miraba a cada instante para la ventana.
Con un cuchillo más grueso y de sierra cortó las piernas y con el hacha destrozó el fémur. Después pasó a los brazos, partiendo los huesos uno a uno con la hoja más gruesa; la sangre que iba brotando la iba secando con trapos que tenía en una caneca. Por un momento se detuvo, pensativo, mirando las sombras que cruzaban por la ventana, sintiendo el vaho de la mujer en su rostro y hasta su respiración caliente.
Continuó, sin guantes, con la mano y el brazo embarrado de coágulos. El pecho y el vientre lo destrozó con el hacha, así sería más fácil. Con el cuchillo de sierra continuó partiendo las partes blandas del cuerpo: el corazón lo tiró a la caneca, junto con los pulmones y el hígado, serían las partes más susceptibles para el mal hedor. Mientras rebanaba como un trozo de mantequilla, su pensamiento vino con la mujer desnuda, completa y descarnada, como una venus. Cuando paró su pensamiento, el cuchillo lo enterró con más fuerza, como si la estuviera asesinando de nuevo. Y empezó a cortar con más vehemencia, El cuchillo cortaba ahora el doble y la sangre empezó a brotar aún más.
La bolsa con las partes que ya había sacado la dejó a un lado y la otra, con los residuos más podridos, los fue sacando al lavabo. Cuando le quedó la cabeza ésta la dejó intacta, la puso en una bolsa aparte, cerrándole los ojos por la acción de la rigidez. Cuando tuvo el cuerpo totalmente descuartizado, lavó todo muy bien con agua, fregó con paños y la sangre la fue botando al lavabo. Puso a hervir agua en una olla y en otra más grande.
Mientras esperaba a que el agua hirviera, fue a la sala y por la ventana vio que pasaba gente, muy tranquila, pero no veía policía ni nada parecido. Cerró todas las ventanas y ajustó todas las puertas. Subió a su cuarto: sacó una camisa y un pantalón y se los cambió. La ropa ensangrentada la bajó y la tiró a la bolsa de los órganos en desperdicio. El agua estaba casi hirviendo, pero se dio cuenta que había tirado la ropa en la bolsa equivocada, en la de los órganos. La sacó y la puso en la de la carne y los huesos. Los órganos los fue poniendo en la olla caliente y estos soltaron un vapor de carne fresca; el agua no tardó en ponerse roja.
Cuando hirvieron las primeras partes, estos los puso en un plato. Mientras tanto la bolsa de huesos con carne la puso en el congelador, todo muy bien guardado y hermético. Las gotas de sangre que habían quedado por el piso las limpió de nuevo con un paño. Sacó los otros órganos y puso más en el plato.
Cuando tuvo todo cocido, cogió el plato y lo puso en el patio trasero para que comiera el perro.
―Toma amigo, carne fresca sólo para ti.
Cuando entró a la cocina, tiró el agua casi roja al lavabo, la fregó muy bien con jabón y la guardó. La otra olla con agua bien caliente la tiró por la cocina para desinfectar todo, trapeó muy bien y limpió cada una de las partes de la cocina. Al salir, detalló que no hubiera quedado regueros, muestras de sangre; todo había quedado perfecto.
Entró a su auto, ya con el corazón normal, y sintiendo una paz en su alma. Aceleró por la calle abajo, dando los cambios, muy tranquilo, mirando el retrovisor. Cuando frenó en un semáforo otro carro se paró a su lado, no había alcanzado a detallar su rostro porque miraba para el cielo. Cuando aceleró lo siguió, pero este ya se había perdido por una de las calles.
Siguió normal, tranquilo, al movimiento lento del aire y el sol brillante de la tarde. Miró su reloj, casi eran las cuatro. Cuando miró a un lado alcanzó a detallar que la manga de su camisa le había quedado una gota de sangre; se miró por todas partes, pero no se vio más. Aceleró, ya por una vía recta a las afueras de la ciudad. Luego se miró la otra manga y se dio cuenta que tenía otra y se empezó a preocupar. Luego, de algunos minutos de zozobra y con la tensión de nuevo a mil, notó que ahora tenía más gotas de sangre en su pantalón.
Y se detuvo de ipso facto. Bajó rápido del carro, entró lo más alejado que pudo de la carretera. Ya la ropa estaba llena de sangre. Como pudo se la quitó y con una navaja que tenía en la guantera la rasgó muy bien y la enterró. Subió al carro de nuevo, acelerando, dando pasos concienzudos de tranquilidad. Cuando miró sus piernas y sus brazos estaban goteados de sangre. Frenó de nuevo, esta vez en un segundo. Bajó al césped, buscó agua, pero no veía nada, su piel cada vez la sentía más pegajosa, con el hedor de la carne del cuerpo que había descuartizado hacía unos minutos. Y sintió el goteo de la sangre sobre su cuerpo, el charco empezó a quedar bajo sus pies como si la mujer desde el más allá lo estuviera descuartizando.








¡Wao! ¡Qué descuartizamiento y cocción del cadáver tan descriptivos! Me gustó el epígrafe que creo no haber visto en ninguno de nuestros relatos, incluyendo el mío. Y aunque no es mi debilidad ese tipo de narración cruda; por esa descuartizada tan sangrienta y metódica y por el sentimiento de culpa acosador del victimario, que son válidos en los cuentos de terror, le otorgo 8 puntos al cuento.
desenlace interesante 8
Entrelazamiento cuántico aplicado al terror, no en balde Einstein lo definió, "acción fantasmal a distancia", buena esa por el autor, por otro lado, demasiada sangre para un relato corto. Mi puntuación: siete
Me gusta la historia porque es clara y se lee muy bien y da miedo de verdad CD Le otorgo 7 puntos.
Buena redacción, entretenido y además impresiona. Un 8